A medida que se aproximan las fiestas navideñas, el comercio,
y los medios de comunicación, lanzan sobre los ciudadanos la
consabida ofensiva consistente en repetir, hasta la saciedad, mensajes
de paz, de amor, y, sobre todo, de consumo. A nuestras obligaciones
de ser felices, bondadosos, solidarios, entrañable-mente familiares,
alegres y divertidos, se une la más sagrada de todas, la de
comprar.
La
celebración de la Navidad y el ir de compras se han convertido,
en nuestra sociedad de consumo, en actividades complementarias cuando
no sinónimas. La publicidad se ocupa de hacernos ver la necesidad
de participar en estas fiestas, de convertirnos en protagonistas de
los acontecimientos. Se nos trasmite la idea de que si no participamos,
somos insolidarios, inhumanos, egoístas, aburridos, en definitiva,
aguafiestas. Y ¿cuál es la mejor (cuando no única)
forma de participar?, muy fácil, consumiendo, comprando.
La lista de compras navideñas imprescindibles resulta, cada
año, más exhaustiva: alimentos para comidas y cenas
especiales, bebidas, participaciones en juegos de azar, adornos para
el hogar, ropa y complementos para que luzcamos elegantes los días
más señalados, regalos para todos y para casi todos
los días, juguetes, entradas para fiestas, conciertos y demás
saraos... El número de necesidades se multiplica, y parece
que quisieran concentrarse en unas pocas semanas del mes de diciembre.
A la vez que la lista de compras obligadas se alarga, asistimos a
una curiosa anticipación de las navidades. Antaño, la
fiebre consumista arrancaba el día del sorteo de la lotería
extraordinaria de Navidad, sobre el 22 de diciembre. Ahora el frenesí
comprador empieza al finalizar noviembre, si no antes: VISA nos anima
a adelantar la fecha de inicio, por razones evidentes.
Buy
Nothing Day: un día para no comprar
El
de España no es un caso aislado. Todos los países desarrollados
protagonizan en esos días la misma orgía hiperconsumista.
En Estados Unidos la señal de partida para desatar el desenfreno
de un consumo sin medida coincide con una de sus fiestas nacionales,
el día de Acción de Gracias, que tiene lugar a finales
del mes de Noviembre. Desde hace algunos años, diversas asociaciones
ciudadanas convocan, precisamente en esas mismas fechas, un día
para no comprar nada. El Buy Nothing Day es algo parecido a un día
de huelga del consumidor, una operación de boicot no contra
un producto o una empresa concretas, sino contra la sociedad de consumo
en general. La propuesta consiste en escapar de la corriente consumista
que las empresas y los publicistas nos imponen tanto en Navidad como
en el resto del año. Para ello se invita a toda la población
a no acudir a comercios y grandes almacenes, reducir al máximo
las compras de esa jornada, limitándolas a lo realmente necesario,
o incluso anularlas, y salir a la calle para denunciar un sistema
socioeconómico injusto, alienante, y ambientalmente insostenible.
Esta iniciativa tiene su origen en 1992, en Canadá. Un trabajador
del mundo de la publicidad –Ted Dave– fue quien desde
su lugar de trabajo lanzó la idea contra el constante bombardeo
del sobreconsumo. Su lema fue: “lo bastante es suficiente”.
Desde entonces cada año son más los países que
se suman a esta idea. Este año, activistas de 14 países
(Alemania, Holanda, Inglaterra, Irlanda del Norte, Australia, Nueva
Zelanda, EE UU, Canadá, Bélgica, Eslovenia, Polonia,
Finlandia, Noruega y España) realizarán diferentes acciones
callejeras, para reflexionar sobre nuestra conducta consumista. El
calado entre la población de los diferentes países es
aún muy diferente, pero parece que cada vez son más
los ciudadan@s de las naciones desarrolladas que están hart@s
del modelo de consumo imperante. No es de extrañar.
Las formas en que las diversas organizaciones de los distintos países
se manifiestan este día, son muy variadas: creando zonas libres
de tiendas; haciendo representaciones teatrales donde marcianos visitan
nuestro planeta y alucinan con el comportamiento de l@s terrícolas;
repartiendo información o bien montando un Túnel de
la Felicidad, un laberinto que en su recorrido incita al consumo hasta
llegar al final y encontrarnos con las consecuencias negativas de
la desaforada locura consumista.
Las
razones
El modelo de consumo en el que estamos instalados, homo-geneizador,
despilfarrador, cínico e individualista, contribuye, de forma
decisiva, al mantenimiento de una situación social y ambiental
poco o nada sostenible. En este modelo los medios de comunicación
de masas representan un papel fundamen-tal, pues actúan como
cajas de resonancia de la publicidad. La situación resulta
especialmente dramática en la TV cuya de-pendencia de los anunciantes
es prácticamente completa. Ya sea en forma de spot publicitario,
ya sea dentro de los componentes de su programación, la televisión
nos vende continuamente la idea de que la felicidad se logra en un
mun-do virtual al que acceder a través de nuestra tarjeta de
crédito.
El
espacio urbano también se encuentra impregnado por la sociedad
consumista. Las calles de nuestras ciudades se transforman en escaparates
de franquicias y transnacionales: podemos comprar el mismo donut o
la misma camiseta en Madrid, en Roma, en Nueva York o hasta en Pekín.
El ocio y las comunicaciones tampoco están exentos de los patrones
dominantes en nuestra sociedad. Vemos las películas que las
grandes productoras y distribuidoras de Hollywood quieren que veamos,
compramos teléfonos móviles para ser libres y porque
lo importante es hablar, aunque no tengamos nada que decir, y cada
vez nos resulta más difícil divertirnos o pasar nuestro
tiempo sin consumir, sin comprar.
Nos resulta complicado descubrir el origen de nuestros alimentos,
de nuestros vestidos, de decenas de objetos cotidianos, y cuando alguien
nos los muestra muchas veces preferiríamos seguir en la ignorancia.
Aunque las altas instancias se empeñan en hablar de desarrollo
sostenible, de ayuda humanitaria y de solidaridad, lo cierto es que
el sistema imperante no hace otra cosa que ahondar en las diferencias
entre ricos y pobres devastando por el camino a la naturaleza y al
ser humano. Resulta difícil digerir que, por ejemplo, para
que la economía estadounidense vaya bien, para que Wall Street
obtenga beneficios, sea necesario que aumente el número de
parados. No es fácil admitir que grandes empresas se expandan
a costa de la ruina del comercio tradicional, que se apropien del
espacio urbano, y que impongan costumbres y actitudes.
La gente comienza a estar cansada, y busca un espacio para rebelarse
contra el sistema establecido. El Día sin Compra no es una
revolución, pero sí es uno de esos espacios en los que
la ciudadanía busca un hueco para expresar su rabia y su impotencia.
