Día internacional contra
el consumo irracional.
El 28 de noviembre, únete a la huelga
de carritos de la compra.
A medida que se aproximan las fiestas navideñas, el comercio,
y los medios de comunicación, lanzan sobre los ciudadanos la consabida
ofensiva consistente en repetir, hasta la saciedad, mensajes de paz,
de amor, y, sobre todo, de consumo. A nuestras obligaciones de ser
felices, bondadosos, solidarios, entrañablemente familiares, alegres
y divertidos, se une la más sagrada de todas, la de comprar.
El modelo de consumo en el que estamos
instalados, homogeneizador, despilfarrador, cínico e individualista,
contribuye, de forma decisiva, al mantenimiento de una situación social
y ambiental poco o nada sostenible. En este modelo los medios de comunicación
de masas representan un papel fundamental, pues actúan como cajas
de resonancia de la publicidad. La situación resulta especialmente
dramática en la TV cuya dependencia de los anunciantes es prácticamente
completa. Ya sea en forma de spot publicitario, ya sea dentro de los
componentes de su programación, la televisión nos vende continuamente
la idea de que la felicidad se logra en un mundo virtual al que acceder
a través de nuestra tarjeta de crédito.
El espacio urbano también se encuentra impregnado por la sociedad
consumista. Las calles de nuestras ciudades se transforman en escaparates
de franquicias y transnacionales: podemos comprar el mismo donut o
la misma camiseta en Madrid, en Roma, en Nueva York o hasta en Pekín.
El ocio y las comunicaciones tampoco están exentos de los patrones
dominantes en nuestra sociedad. Vemos las películas que las grandes
productoras y distribuidoras de Hollywood quieren que veamos, compramos
teléfonos móviles para ser libres y porque lo importante es hablar,
aunque no tengamos nada que decir, y cada vez nos resulta más difícil
divertirnos o pasar nuestro tiempo sin consumir, sin comprar.
Nos resulta complicado descubrir el origen de nuestros alimentos,
de nuestros vestidos, de decenas de objetos cotidianos, y cuando alguien
nos los muestra muchas veces preferiríamos seguir en la ignorancia.
Aunque las altas instancias se empeñan en hablar de desarrollo sostenible,
de ayuda humanitaria y de solidaridad, lo cierto es que el sistema
imperante no hace otra cosa que ahondar en las diferencias entre ricos
y pobres devastando por el camino a la naturaleza y al ser humano.
Resulta difícil digerir que, por ejemplo, para que la economía estadounidense
vaya bien, para que Wall Street obtenga beneficios, sea necesario
que aumente el número de parados. No es fácil admitir que grandes
empresas, como El Corte Inglés, se expandan a costa de la ruina del
comercio tradicional, que se apropien del espacio urbano, y que impongan
costumbres y actitudes.
La gente comienza a estar cansada, y busca un espacio para rebelarse
contra el sistema establecido. El Día sin compras no es una revolución,
pero sí es uno de esos espacios en los que la ciudadania busca un
hueco para expresar su rabia y su impotencia.
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