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El consumo crítico contraataca
Consumo crítico como medida anticonsumista



Mi tarjeta de crédito se hace de 0 a 100 en 10 segundos
Isidro Jiménez

La acumulación de hechos crea la noticia. El pasado fin de semana un peatón de 19 años fue atropeyado a las cinco de la mañana en plena Castellana de Madrid. El conductor, parece ser que de un deportivo, se dio a la fuga, tal y como ha ocurrido en dos casos más en muy alejados lugares del país. Todo apunta a que el material con el que ahora se fabrica el chasis de los coches tiene propiedades aislantes espectaculares: El individuo en su confortable asiento reclinable de tapicería acolchada queda aislado como nunca antes del mundo.

Y es que la Iglesia está equivocada cuando dice que la base del individualismo se localiza en el cuerpo (esas pasiones, instintos y vicios tan primarios que nunca podrían ubicarse en lo espiritual). La sociedad de consumo ha posibilitado un hecho fisiológico sin precedentes, la extensión del individuo a otros cuerpos. Eso sí, cuerpos del mercado de bienes, mágicos y sobremundanos gracias a la constante ráfaga publicitaria. El coche es, quizás, el mejor ejemplo.

Algunos coches caros, cuando salen a la carretera, ya llevan puestas las luces intermitentes de adelantamiento. Durante todo el trayecto exigen como propio el carril de adelantamiento y están seguros de que su alta velocidad no afecta al resto de los mortales. En un interesante estudio europeo (SARTRE 3) una amplia mayoría de los conductores decían conducir a la velocidad del resto. Sin embargo, a la pregunta por la velocidad de los otros conductores, el 73% de los encuestados opinaba que los demás sobrepasaban los límites de velocidad frecuentemente, muy frecuentemente o siempre. Parece ser que el exceso de velocidad es un parámetro psicológico variable cuando uno está sentado en el cada vez mejor equipado habitáculo del coche. Fuera, precisamente, los datos son tremendamente invariables: Desde 1999 (que se viene realizando el Estudio ATREVE) cada día mueren 5 personas a causa de un accidente donde el exceso de velocidad fue la causa principal.

Paradójicamente, las mejoras en el vehículo, encaminadas en muchos casos a la seguridad del conductor, consiguen que éste deje de ser consciente de la velocidad a la que circula y los peligros que ello conlleva. Qué curioso, como en nuestro sistema neoliberal de consumo.

También dentro del pisito que tanto nos costó conseguir (el 72% de la deuda familiar es la hipoteca) la velocidad se siente de otra manera. Sentados en el sillón IKEA y rodeados de la comodidad electrónica, la nueva pantalla plana del televisor construye 24 horas al día un imaginario social lleno de cuerpos perfectos y especímenes humanos elogiables porque nunca dejan de veranear. Pertenecer a esta sociedad requiere algún que otro esfuerzo, únicamente alcanzable a través del consumo, pero para ponértelo más fácil, las empresas de crédito rápido te prestan hasta 3000 euros con una llamada de teléfono, sin explicaciones y con un aparente bajo interés mensual. Al final, un tercio de los españoles tiene dificultades para controlar sus compras y un 31% tiene serios problemas para llegar a fin de mes (1).

De vez en cuando, alguien nos recuerda que la velocidad de ese sistema de consumo es social y ambientalmente insostenible y que en el tiempo que tu tardas en comprar un paquete de hojas en la papelería de abajo ha sido debastada una extensión del Amazonas similar a la de 180 campos de futbol (30.000 kilómetros cuadrados de selva cada año). La rapidez nunca se vive igual, pero sobre todo, nunca se muere igual: Mientras te dedicas a ver tu serie de televisión preferida, unos cuantos anuncios y el típico programa de cotilleos (en total 3,5 horas de tele por persona cada día) en Africa muere un niño cada 3 infernales segundos.

Pero los que más saben de la velocidad, en concreto de la inmediatez, son los jóvenes de la nueva "generación Movistar", fieles adictos al teléfono móvil. Acostumbrados a tenerlo todo en cuanto lo piden, nada extraña que el 40% de los menores de 30 años pague siempre sus compras con tarjeta (2). Y es que en nuestro confortable micromundo, las cosas que no pueden esperar no ocurren fuera, están en los escaparates.

Isidro Jiménez
ConsumeHastaMorir

NOTAS:

1.- Informe "El consumidor frente a la protección de pagos". Cardif, 2004.

2.- "Comprar a cualquier precio". El País Semanal, Domingo 24 de Julio 2005.


 
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  • :: 19 de agosto de 2005, por JSF
    Y lo peor de todo es que, o así lo creo yo, esa ansia de inmediatez se retroalimenta de sí misma y nos convierte en más intolerantes ante todo lo que no sea nosotros y ahora. ¿Cuándo fue la última vez que salisteis a pasear y alguien montado en un coche no os dejó pasar en un paso de peatones porque simplemente iba dentro de un coche (esa especie de coraza que tre aisla del mundo) y/o iba hablando por el móbil, cosa que le hacía imposible manejar correctamente el auto para parar? Pues a lo mejor es que yo tengo mala suerte pero a mi me pasa todas las tardes cuando salgo a pasear con mi hija. ¿Y qué sucede en las carreteras? ¿No teneis la sensación de que cada vez se conduce de manera más imprudente, más rápido, respetando menos las señales viarias y con menos educación? ¿Cuándo fue la última vez que tuvisteis miedo de tener un accidente porque alguien se saltó un ceda, os adelantó demasiado justo en la autopista u os hizo luces para que le dejarais pasar porque erais demasiado lentos (esa manía que tiene uno de respetar los límites de velocidad...)? ¿De verdad que nos viene a todos de cinco minutos? ¿Qué era de nosotros cuando no podíamos meter la mano en el bolsillo para sacar el telefonillo dichoso y llamar urgentemente para cualquier tontería? ¿Cómo podíamos vivir, viajando en tren o autobús si no podíamos llamar a nadie para contarle como nos había ido el fin de semana, si nos habíamos cortado el pelo o si echaron de Operación Triunfo a Fulanito o Menganito? Dios mío, debíamos ser trogloditas por lo menos. Así que viva la comida rápida, pidámosla desde nuestro teléfono de ultimísima generación porque los de anteayer ya no sirven y que nos la traigan lo antes posible, no vaya a ser que tengamos que madurar y nos veamos obligados a comportarnos como personas adultas, tolerantes y civilizadas. ¿Nos comportamos como niños o nos tratan como niños?

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