
Ante todo el capitalismo nos ha enseñado algo: hay que aprender a saltar.
Y la verdad es que lo hemos aprendido muy rápido y cada vez lo hacemos mejor. Todo consiste en tener buena técnica: primero hay que saber bien cómo flexionar las piernas y, después, conseguir tomar el impulso suficiente para poder saltar.
Y así lo conseguimos, logramos saltar por encima de las necesidades más básicas (como comer sano, tener tiempo para divertirnos o cuidar de las personas cercanas) para llegar al otro lado, al de las necesidades creadas por el mercado (las que hacen que comamos cada día comida precocinada y cenemos salchichas envasadas al vacío para poder invertir en un coche nuevo, cambiar de móvil cada dos años o tener una crema antiarrugas que echarnos en la cara cada noche).
También nos ha enseñado que, durante el salto, es importante no mirar abajo: para no correr el riesgo de ver algo que nos haga perder el equilibrio y caer al vacío.