Hay cosas que me cuesta decirle.
Cuánto me gusta mirarla, por ejemplo. Nunca le hablé de aquella cotidiana cuenta regresiva restando los minutos hasta que ella vuelva a casa.
También a mi cuerpo le cuesta decirle lo que le pasa con ella.
Abrazarla, por ejemplo. Ni te imaginas lo que me cuesta acariciarla.
Por suerte la vida moderna me permite solucionar estas pequeñas limitaciones de la pareja. Rápida y efectivamente.
El anillo con el brillante, aquella noche que le pedí que viniera a vivir conmigo.
El viaje al Caribe, ese descanso tan exclusivo juntos.
El perfume francés, excusa siempre funcional para abrazarla un buen rato y que casi no se note.
Las cenas de alta cocina, cada vez que decido volver a seducirla.
Últimamente no dejo de preguntarme cuántas cosas habrá detrás de este Rolex que ella me regaló hace unos meses.
El Negro Tomás