El guardia de seguridad abría las puertas del centro justo en el momento en que llegaba él. Entró, después de dejar pasar a la veintena de personas que habían llegado antes y aguardaban expectantes, y que con paso acelerado aceptaron sin dubitaciones su cortesía.
En los primeros metros de excursión él se sintió animado por la música, la iluminación y el resto de los elementos que constituían la ambientación del lugar. Aceleró el paso entre colores y azafatas y dependientes que sonreían y ofrecían muestras de novedades de perfumes. Como no le suponía mucho tiempo, se animó a probar uno, “...nuevo, francés, sensual”, le explicó la promotora. Cerró los ojos y olió profundamente el aroma, a ver si le evocaba algo, mientras agradecía la muestra.
“Narciso: sé tu mismo...” era, nada menos, el eslogan publicitario que acompañaba aquella fragancia. Entonces “soy yo mismo..:” debería ser aquello que se pretendía evocar con el olor del perfume. Más que de oler a uno mismo se trataba de serlo.
Paradójica parecía la situación en la que la idea y la pugna por “ser uno mismo” había tenido tanto éxito social que habido terminado por convertirse en un fenómeno masificado: todos podían tener acceso a sentirse diferentes y hasta únicos, aunque fuera adquiriendo, exactamente, el mismo tipo de cosas.
ConsumeHastaMorir, marzo 2010