Los perros en Madrid, después de depositar sus excrementos, intentan, inútilmente, arañar el cemento para cubrirlos con tierra, siguiendo un instinto primitivo del que no consiguen librarse por muy de marca (perdón de raza) que sean.
Los dueños urbanitas, a diferencia de los cuadrúpedos, olvidaron hace tiempo que hubo un momento en el que sus huellas se quedaban grabadas sobre la tierra al caminar.
Ahora, sin más, recogen con la bolsita negra los excrementos de su animal de compañía y los tiran a la basura más cercana.