Llora.
Le dijeron que poniéndose limón alrededor de los ojos le afectaría menos.
Pero llora igual.
Siente como si los gases lacrimógenos se le hubieran quedado pegados a la pupila.
Pensaba que todo sería más lento, pero ellos no esperaron nada, en cuanto comenzaron a acercarse oyó disparos y al momento sintió que no podía respirar.
Corría sin saber a dónde, buscando a los suyos.
Ahora mira a su alrededor, ve cómo poco a poco sus compañeros y compañeras van recuperando la calma, todavía faltan algunos por llegar.
Siente como si la euforia colectiva de las asambleas preparatorias a la marcha hubiera desaparecido, como si el trabajo hecho durante meses se hubiera disipado con la misma rapidez con la que se expandieron los gases lacrimógenos.
Hace un rato que el picor y la sensación de asfixia se le pasaron, pero no puede dejar de llorar. “Son esos malditos gases, se me metieron demasiado profundo”.
Marieta Manso