Por la ventana se veía una calle llena de momentos.
La librería especializada en literatura oriental, siempre con poca gente, siempre en calma.
La gitana que le grita a su marido desde la calle para que le abra la puerta del portal, a pesar de que hace meses que arreglaron el telefonillo.
En la esquina la casa okupada, de mujeres, donde hoy martes se preparan para hacer el reparto de la cooperativa de consumo.
La pareja de viejos que se las apaña para ir caminando agarrados uno del brazo de la otra, a pesar de la estrechez de la acera.
El marroquí en cuclillas, escudriñando lo que ocurre desde la puerta de su ebanistería. Y los pakistaníes vendiendo fruta y mate argentino en su tienda situada en la otra acera.
La peluquería regentada por chinas, al lado de la peluquería senegalesa. Idiomas diferentes, pelos genéticamente dispares.
Y la guitarrita y el cajón flamenco de los hippies que se instalaron a vivir en el bajo a pesar de que no tiene cédula de habitabilidad.