Las nuevas generaciones de teléfonos celulares aniquilaron definitivamente la vieja noción de telefonía como estructura de comunicación ligada a un espacio, a un lugar físico. En un mundo en que lo social se ha diseminado, dando paso a la adopción de un individualismo exacerbado y a la desertización de los espacios reales, el móvil simboliza esa explosión personalizada, al estar ligada a la comunicación e interacción de individuos.
El optimismo tecnológico de la década del ’90, con la intensificación del modelo capitalista neoliberal, había vaticinado ese avance arrollador de la telefonía móvil, a partir de su evolución tecnológica natural. Esta tecnología posee una característica que explica mucho de su crecimiento: es personal. Mientras que la telefonía fija comunica lugares -por ejemplo, un hogar o una empresa-, la telefonía móvil comunica personas (Carrier 2004). Lo que no hace sino confirmar el apogeo de la lógica individualista y sus posibilidades lúdicas e interactivas, la culminación de la esfera privada y la privatización de los deseos e identidades. El pequeño aparato móvil -o celular- se ha convertido en el símbolo de la sociedad contemporánea. Objeto de consumo personal en un mundo particularista, sintoniza con la cultura del pensamiento en red: la vida a través de una pequeña pantalla, la combinación digital que induce a una especie de inmersión, de relación umbilical y de interacción táctil, tal como postulaba Marshall McLuhan en torno a las imágenes visivas de la televisión.
La explosión del mercado de telefonía celular se ha dado tanto en economías poco desarrolladas, donde la infraestructura de línea fija es más limitada y onerosa, como en las más avanzadas, donde tener móvil es resultante de una decisión y no de una carencia estructural. A su característica de objeto personal se suma el hecho de que su alcance va más allá de la voz; el móvil agrega la capacidad de transmitir datos: mensajes de texto, envíos de fotos y hasta videos en movimiento, entre tantos otros servicios. Todo esto hace que hablar de telefonía móvil se haya convertido en una antigüedad: ya debe hablarse de verdaderos dispositivos personales de comunicaciones móviles (Carrier 2005).
La proliferación del uso de mensajes de texto -en especial, en el creciente mercado adolescente- ha transformado las etiquetas comunicacionales, y ampliado la omnipotencia del móvil. Más barato, menos intrusivo, el mensaje de texto -ya existen en inglés dos verbos, messaging y texting, para designar esa actividad- convierte la expresión “hablar por móvil” en una imprecisión (Stratta 2004). En efecto, el fenómeno conocido con las siglas SMS (Short Message Service o Servicio de Mensajes Cortos) ha irrumpido con fuerza en los medios de comunicación y la vida cotidiana: se trata de un código basado en la representación sintética que sirve de base para una nueva jerga adolescente, habida cuenta del principio de rapidez, economía y efectismo. Los consumidores más jóvenes suelen dialogar más naturalmente a través de esta suerte de idioma abreviado: vienen entrenados del chat a través de la PC.
Esta nueva forma de comunicación ha adoptado el estilo publicitario: brevedad, economía de palabras, lugares comunes, narraciones cerradas. Lo cual no constituye por cierto una novedad, ya que innumerables manifestaciones culturales suelen hacerlo, necesitadas de la eficacia comunicativa que la publicidad les brinda: concentración argumental, utilización de contenidos aceptados por la audiencia -que remiten a estereotipos dominantes- y estandarización de los sentidos colectivos. El lenguaje SMS, a imagen y semejanza de la construcción publicitaria, ha universalizado sus códigos y ampliado los mercados mundiales con su potencial y atractiva versatilidad.
La publicidad de móviles induce a provocar el hechizo del consumidor -un público mayoritariamente joven- con la imagen de adolescentes divertidos que se envían fotos y videos, captadas por sus aparatos con pantalla color que ofician, al mismo tiempo, de cámaras. Pero, como suele suceder con el mundo de aspiraciones que moviliza la publicidad, esas imágenes remiten más a deseos colectivos que a un reflejo de la vida real (Stratta 2004). Los mecanismos publicitarios apelan a procesos lúdicos y persuasivos, y se expresan a través de imágenes y ficciones que son, en parte, producto de la colonización que han sufrido las esferas privada y pública por parte del lenguaje mediático y de la racionalidad publicitaria (San Nicolás 2002).
En los anuncios de los pequeños aparatos móviles se instala una paradoja de la publicidad: la reivindicación de la humanización como valor asimilable a sus propios patrones culturales. La supuesta libertad de los virtuales usuarios de telefonía móvil solo ha creado conductas adictivas a partir del uso abusivo y compulsivo; por lo tanto, ha logrado generar dependencia. Las bondades de la comunicación, por su parte, han acrecentado el consumo de lenguajes abreviados y contactos vacíos, absorbidos por la interacción digital.
El mercado se ha ampliado hacia segmentos etarios impensables años atrás: el preadolescente y el infantil. Constituyen la primera generación hija del móvil o celular y, para ellos, es un elemento de pertenencia e identificación, una forma natural de comunicación y un símbolo de libertad. Lo prefieren antes que un juguete, y optan por resignar determinados privilegios para adquirir tarjetas de abono. Como contrapartida, impulsado en gran parte por los menores costos, la función envío de textos está dejando de ser una exclusividad juvenil: en situaciones en las que no puede responderse un llamado de voz, por ejemplo, muchos se atreven a dejar encendido el móvil, a la manera de un discreto pager (Stratta 2004). Los mensajes furtivos han capturado la atención de adultos de todos los segmentos sociales, por su aptitud para comunicar informaciones comerciales, empresariales, o simplemente como entretenimiento.
El uso del móvil sigue revolucionando costumbres y hábitos domésticos, a través de los cada vez más complejos servicios que propone. Si en el siglo XX, la imagen del hombre sentado frente al televisor diseñaba un identikit de la sociedad mediatizada, en el siglo actual el individuo ha mutado de prótesis: más funcional, multimediático e interactivo, el dispositivo móvil resume la paradoja de comunicar en un mundo cada vez más desconectado.
Gabriel Cocimano
http://personales.ciudad.com.ar/gcocimano
Fuentes:
BACCARO, Diana: Crecer con el celular, en “Clarín”, Sección “Sociedad”, pág. 42, Buenos Aires- 07/11/2004.
CARRIER, Enrique: Surge un nuevo paradigma, en STRATTA, Isabel: Qué hay detrás del boom de los teléfonos celulares, en “Clarín”, Suplemento Económico, Buenos Aires, 07/11/2004.
SAN NICOLAS, César: La nominación publicitaria. Procesos semionomasiológicos para la creación estratégica de nombres de marcas, en “Tono Digital. Revista Electrónica de Estudios Filológicos”, Nº 3, Madrid, Marzo 2002.
STRATTA, Isabel: Qué hay detrás del boom de los teléfonos celulares, en “Clarín”, Suplemento Económico, Buenos Aires, 07/11/2004.