
El tendero mira complaciente cómo un crío pega sus mofletes al escaparate de su tienda de pasteles. La parte pública que separa las miradas del tendero y su cliente es un pequeño espacio parapetado por un cristal siempre limpio y reluciente. Allí se recogen los reclamos comerciales, novedades y productos clave, animando al espectador a convertirse en cliente.
Pero hoy la marca no fabrica sus productos (ya lo hacen otros) y, poco a poco, el tendero es sustituído por la franquicia. Y los escaparates están llenos de animalitos de plástico, pijos estáticos, iconos de una cultura del consumismo despilfarrador. Es el zoológico de la moda.
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