
Las grandes superficies se anuncian como una materialización de la “compra libre”. Son espacios que se presentan como garantes de la gran variedad de oferta que el nuevo consumidor necesita, haciéndole creer un individuo independiente y con criterio ante la elección de los productos en venta: “Estás en la tienda de deportes. No sabes si decidirte por una nueva madera 3 o una raqueta de tenis. ¿Con quién lo consultas? Con nadie. Te llevas las dos y listo. No hay duda, estás pasando por la mejor etapa de tu vida. Por eso te ofrecemos la máxima seguridad de serie en toda la gamma Renault Laguna”, dice un anuncio a toda página en El País.
Así, la gran superficie se convierte en un nudo clave en la red sin territorio, donde las multinacionales van ubicando sus “puestos de venta”, nutridos por sus “puestos de producción”. Alternativa edulcorada y comercial de una ciudad cada vez más peligrosa, representa sin embargo el conjunto más avanzado de técnicas de venta y consigue, por sistema, que el cliente gaste más de lo que tenía previsto en cada compra, el 95% de los consumidores que entran en una gran superficie sin una idea definida de lo que quieren comprar o simplemente “para mirar”, terminan realizando alguna compra.
Estos lugares estandarizados e indistinguibles unos de otros, enfocan con precisión los distintos tipos de consumidores y aprovechan su perfil en cada caso. Suponen una propuesta de espacio aséptico para un modelo de consumo que ya no gira entorno al hogar sino a la movilidad, un escenario mucho más propicio para ese individuo que ya no compra sino que va de compras, que ya no pide sino que elige.
Y mientras, las cajeras esperan la gran oferta: 3 empleos x 2 sueldos. No hay nada como las rebajas.

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