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Si nos fijamos en las etiquetas de las prendas de ropa, nos podemos dar cuenta de que la gran mayoría de ellas están fabricadas en países lejanos. La industria textil, una de las impulsoras de la Revolución Industrial, se ha transformado durante el siglo XX.

Hasta los años ’70, las grandes fábricas textiles se encontraban en los países industrializados de Occidente, pero en pocos años, los centros de producción y, por consiguiente, sus flujos comerciales, se han desplazado hacia las economías emergentes de Asia y América Latina. Esta deslocalización de las factorías obedece a la búsqueda de mayores beneficios económicos: en los países donde se instalan cuentan con una mano de obra más barata y con menos derechos laborales que en sus países de origen. Este modo de producción se desarrolla en muchos casos en “maquilas”, fábricas destinadas a la producción de manufacturas textiles para su exportación, donde se realizan trabajos mecánicos y con pocos requerimientos tecnológicos. En ellas trabajan fundamentalmente mujeres, con jornadas que pueden alcanzar las 12 o 14 horas, muchas veces llevadas a cabo en condiciones insalubres y pagadas con míseros salarios. Lugares en los que, conviene resaltar, los sindicatos suelen estar prohibidos o manipulados. A esto se añade la contratación de niños y niñas, como se ha denunciado en muchas ocasiones.

Además, las grandes multinacionales se benefician también de importantes privilegios fiscales en dichos países. Todo esto puede ayudar a responder a por qué la ropa es tan barata, incluso añadiéndole los gastos de transporte hasta las flamantes tiendas franquiciadas de Europa o EE.UU.

La deslocalización productiva que supone producir en países muy lejanos geográficamente a los lugares de consumo, lleva asociados graves problemas ambientales. A los problemas derivados de la creación de infraestructuras y la contaminación que se originan durante el largo trasporte, hay que añadir toda la contaminación generada durante las fases de producción de las materias primas y la de manufactura. Las explotaciones ganaderas o agrícolas intensivas alteran el equilibrio ecológico. Muchos procesos textiles, ya sean con pieles, fibras naturales, artificiales, o sintéticas, llevan asociados la creación de contaminantes químicos y el derroche de agua. Intentar cuidar el medioambiente en el proceso productivo eleva los costes, por ello muchas compañías textiles trasladan sus plantas de producción a países periféricos, donde las leyes medioambientales son más permisivas.

La constante variabilidad de la moda impone un consumo incesante de productos cada vez más efímeros. El resultado es una sobreproducción de ropa, la acumulación de prendas en los armarios y la generación de basura. Frente a ello, abogamos por un consumo crítico de la ropa, la utilización de las prendas durante su vida útil, la reparación y la transformación creativa.


 
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