Las ventanas estaban separadas por los pocos metros que ocupa el asfalto por el que circulan coches en un solo sentido y dos aceras ridículas.
A un lado cortinas casi siempre corridas y persianas bajadas incluso por el día en los meses de verano, que sólo permitían adivinar quién habitaba en su interior cuando alguno de los dos, normalmente ella, salían a sacudir las migas del mantel por el diminuto balcón, como muestra de una rutina repetida cotidianamente por aquellos que, una vez jubilados, pasan la mayor parte del tiempo en casa. Enfrente otra pareja, les tocó el lado donde da más la sombra, así que las ventanas de los dos balcones nunca están tapadas para que la luz entre todo el tiempo que quiera.
Cuando se ven en la calle no saben si saludarse o no, porque en realidad no comparten portal, planta ni escalera, y no quieren dar la sensación de invadir la intimidad de los vecinos de la otra ventana. Pero aún así saben lo que ocurre en la otra casa, los horarios de levantarse, la afición por regar las plantas a cualquier hora del día, las discusiones acaloradas en los días de verano o las lecturas a última hora de la tarde debajo de la luz de la ventana. Por eso saben que la pareja de jubilados ya no vive sola, su hijo volvió a instalarse de nuevo en el hogar familiar, quizás porque perdió el trabajo y ya no pueda hacer frente a la hipoteca, al alquiler, a la comida diaria. Quizás porque en la soledad de la ciudad encontró refugio en el cuarto de la infancia, donde se sienta sobre la cama a pensar, angustiado, cómo salir de la situación.
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