FPDS/Marieta M./Tucumán. Argentina
... Darío Santillán... cuando la existencia de los cuerpos resiste cuando deviene activo modelando la presencia aún... y después en la ausencia.
En medio de la confusión de la jornada del 26 de junio de 2002, las balas de la policía, las corridas de miles de personas que fueron a reclamar por trabajo, cansados del hambre; Darío fue asesinado mientras socorría a Maximiliano, dándole la mano y con la otra, intentó parar las balas.
Darío Santillán no sólo demostró en su vida estar acorde con al de las del resto de sus compañeros desocupados, organizando su vida cotidiana, trabajando en la bloquera del movimiento, organizando, debatiendo. Quizás, fue esa urgente impaciencia por la realización de la revolución, o la certeza de que el cambio social se construye en esa cotidianeidad.
Es el último gesto de Darío es el que lo convierte en un conjunto de virtudes revolucionarias de un ascetismo escalofriante para quienes, situados en otra coyuntura, puede advertir sus muchas limitaciones. E un tiempo lleno de dudas, la pregunta por la vida cotidiana y el sentido de la ética que pudiese guiar la práctica política de toda una generación se expresa en la construcción de un sujeto revolucionario en esa vida cotidiana, que consiste no en “compartir” la práctica social de la clase, su modo de vida, y su trabajo, sino en “construirla” conjunta y cotidianamente, expresión de una subjetividad plenamente política, donde lo personal, incluido lo más hondamente personal: el propio cuerpo, el amor, la familia; fueron en el caso de Darío absorbidos por la determinación, por la voluntad de llevar a cabo la revolución hasta sus últimas consecuencias.
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