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Alimentarse sin devorarlo todo

El sistema agroalimentario actual, impuesto desde mediados del siglo XX tras la llamada Revolución Verde, supuso el incremento en la producción de alimentos a escala global. Sin embargo, esto no ha significado la erradicación de la miseria. Un 12,5% de la población mundial pasa hambre, casi 795 millones de personas, según un informe sobre el bienio 2010-2012 difundido en Roma por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Mientras tanto, los países enriquecidos sufren los efectos de una alimentación con excesivos aportes de grasas, azúcares y químicos, que conducen a enormes tasas de obesidad, colesterol, diabetes o alergias.

Por otro lado, a través de los monocultivos agroindustriales se pierden toneladas de valiosa tierra fértil, las aguas se sobreexplotan y se contaminan, se pierde biodiversidad de semillas y razas ganaderas, y se incrementa la emisión de gases de efecto invernadero. Si sumamos la crítica situación en la que se encuentra la pesca y la acuicultura encontramos deficiencias de los regímenes de ordenación pesquera, conflictos por la utilización de los recursos naturales, uso persistente de prácticas pesqueras y acuícolas inadecuadas, etc.

El actual modelo de producción, distribución y consumo de alimentos, no es sostenible ni desde el punto de vista ecológico ni social ya que únicamente beneficia a las multinacionales agroalimentarias. Ante esta situación, proliferan muchas experiencias alternativas de producción y comercialización de alimentos que fomentan un consumo responsable, sano, sostenible y equitativo, mediante estructuras de participación y acción colectiva.