
“¿Por qué cuando estoy deprimida acaba pagándolo mi tarjeta?”, se pregunta el centro
comercial La Gavia en este anuncio. Y no es difícil imaginar la respuesta: “Cada vez que estés
deprimida, ven a nuestro centro comercial y ahorrarás algo”.
Desde la industrialización y con la llegada de un gran mercado de productos y técnicas
avanzadas de fabricación, la publicidad adoptó un papel central en la estimulación del
consumo. La competencia entre anunciantes por una cuota de visibilidad, por hacer más
eficaces sus mensajes comerciales, intentando distinguirse del resto, disimula la sorprendente
homogeneidad ideológica que une a todos los anuncios. Los códigos éticos, usos y costumbres,
modas, estereotipos y modelos que uno tras otro los anuncios transmiten, conforman en
definitiva todo un imaginario social, un espejo que refleja una imagen con rasgos comerciales
de lo que somos o deberíamos llegar a ser.
Ese sistema de representaciones funciona como una lente convexa, exagerando lo que
los productos anunciados pueden ofrecernos a la vez que se intensifican nuestras propias
carencias. La repetición constante de estas pautas publicitarias, institucionalizadas a través del
lenguaje comercial y sus diversos métodos de difusión, termina construyendo una imagen
deformada de nuestras necesidades y del papel del consumo, el camino con el que parece que
siempre debemos satisfacerlas.
En este proceso se genera una inevitable culpabilización del consumidor, que por
definición no puede alcanzar los modelos que la publicidad presenta. Cuántos más complejos
se tengan en el momento de comprar, más vulnerable se será en el momento de decidir qué
comprar. La homogeneidad de las cocinas, los coches y la ropa de la publicidad es además
dinámica, cambiante en cada etapa comercial, gracias a las modas y la obsolescencia
acelerada, y su aplicación a cualquier categoría de productos (incluida la alimentación, la salud
o las relaciones afectivas).
La lente convexa de las multinacionales proyecta una imagen preparada
minuciosamente, por un lado idolatrando el poder de la empresa-marca globalizada (su
presencia internacional, su capacidad de emplear multitud de trabajadores, su recorrido
histórico); por otro, insistiendo en la cercanía y la comprensión del cliente, supuestamente
concebida para satisfacer las necesidades específicas de cada uno de ellos. Así que el resultado
es un conjunto de técnicas comunicativas apoyadas en minuciosos estudios sociológicos y
psicológicos, que delimita cada segmento social de consumidores y que se extiende hasta
cubrir el más mínimo detalle de la toma de decisiones y el propio acto de consumo.
Por ello, el consumo puede llegar a convertirse, publicitariamente, en toda una religión,
una vía de socialización, un camino a la felicidad, un estilo de vida, una manera de
autorrealización, una compañía afectiva. En todos los casos se trata, más bien, de sucedáneos
que muestran el consumo como una experiencia subjetiva, más allá de las especificaciones
objetivas de las cosas que compramos. Los productos pueden ser lo que queramos que sean, y
de este acto de “magia” se encarga precisamente la publicidad. La omnipotencia publicitaria ha
logrado transmutar al consumismo en una conducta trascendente.
También ahora la publicidad ha transformado al consumismo en una metodología
terapéutica, y a las grandes superficies en amplios consultorios expertos en “psicología
positiva”. En eso consiste precisamente la propuesta publicitaria del “templo comercial” La
Gavia. El hecho de salir a comprar es narrado en el anuncio como una andadura para mejorar
los estados anímicos humanos. Dentro de este código comunicativo, “tener más” significa
“estar mejor”. “Tener más” cosas, en realidad más deudas, se traduce en una mejora del
estado de ánimo. ¿O es que acaso hay otros caminos? ¿Abrazos? ¿Manos? ¿Miradas? ¿Afectos?
¿Personas? ¿Palabras? No, simplemente, más y nuevos productos.
Este anuncio fue seleccionado como finalista en los Premios Sombra 2009 >