Sexo virtual. El deseo en la era cibernética

Gabriel Cocimano

Jueves 30 de junio de 2005

La era de la imagen ha modificado roles y modos de vida, creencias y premisas sociales, hábitos y costumbres de la esfera privada. Precisamente en ésta última, el sexo virtual ha logrado metamorfosear los códigos del deseo sensual.

Con la evolución tecnológica, el hombre ha mutado sensitivamente: hoy la humanidad padece una baja capacidad sensorial, vale decir, una pérdida de precisión de los sentidos. El mundo digital nos anuncia una nueva fiesta sensitiva (con el efecto multiplicador del telecasco y los teleguantes virtuales). Pero el paraíso de las nuevas sensaciones anula la interacción real, la del contacto físico y presencial (Bilbeny 1997).

El individuo, frente a la pantalla, tiene avidez de placer. Este placer virtual pasa por satisfacer el deseo escópico, audiovisual. La necesidad de mirar y de mostrar hace de la fría tecnología un lugar que potencia los sueños y las fantasías de las personas. Cuerpos que exhiben su privacidad (por dinero, diversión o narcisismo). Miradas ávidas de satisfacción. Una sensualidad fría que, de alguna manera, había vaticinado la literatura y el cine de ciencia ficción: el amor entre el hombre y la máquina. En los tiempos ecuménicos del sida, en la era del individualismo hedonista y del desapego emocional, el sexo virtual se ha transformado en una panacea: limpio, aséptico, de una estética clínica, no implica riesgos físicos ni compromisos vinculares, y permite una mayor economía de tiempo y dinero. Constituye además “una especie de huida frente al desorden del cuerpo, la fealdad y el miedo a la mortalidad” (Lanier 2000).

A la hora del placer, la tecnología permite sortear los obstáculos del tiempo y la distancia: se puede tener relaciones (ciber)sexuales a 10.000 kilómetros, cada uno frente a su computadora, munidos de algunos elementos accesorios (auriculares, cascos, guantes, prótesis tecnológicas). A su vez, la interactividad permite modificar a voluntad una imagen, seleccionar parejas virtuales o desconectarse si su ciber amante lo decepciona. Aséptico y frío, expeditivo y descomprometido, este placer sensual mediatizado cambia las reglas del deseo. La dimensión virtual goza de verosimilitud. Los cuerpos se exponen, calientes, frente a la pantalla, en una alucinación de detalles, de signos exactos. El deseo también es verosímil. Pero la satisfacción de ese deseo, ¿nos otorga el efecto de un goce verdadero? Si el placer sensual involucra la mente y los sentidos, ¿el virtual los abarca a todos?

Nos hemos convertido en meros seres deseantes de imágenes, fetiches éstas sin alma, asociales y asexuadas. “Y nuestro deseo se dirige a estas imágenes cinéticas, numéricas, fractales, artificiales, de síntesis, porque todas son de mínima definición. Casi se podría decir que son asexuadas como las imágenes porno, por exceso de verdad y de precisión. Pero de cualquier forma ya no buscamos en éstas imágenes una riqueza imaginaria, buscamos el vértigo de su superficialidad, el artificio de su detalle, la intimidad de su técnica” (Baudrillard 1990).

Los códigos del deseo virtual han modificado, a su vez, los códigos del placer sensual: paradójicamente, en la era del cuidado intensivo de los cuerpos, de su exaltación y del imperativo social de perfección y reciclado, es el propio cuerpo el que ya no se involucra en tanto objeto de placer. La preponderancia de la imagen corporal ha autoabsorbido a Narciso.

El culto fetichista por las imágenes virtuales producto de las nuevas sensibilidades -consecuencia del impacto que las tecnologías mediáticas han producido en el hombre- ha originado una nueva forma de experiencia: la estetización de la vida y la fragmentación del sujeto. La cultura de la imagen es omnipotente, diluyendo al arte en la estetización y al sujeto en la objetivación del consumo (Flores 2000). Erotismo virtual: una suerte de onanismo cibernético al que se suma la ilusión del acercamiento y la intimidad corporal. Verdadero simulacro de los cuerpos, de los circuitos integrados: hasta el orgasmo mismo se convierte en simulación, extasiado como está también él, desecho virtual sin ninguna finalidad ni satisfacción.

Las reglas del deseo, en la era cibernética, han cambiado de signo: ya la evidencia de esos cuerpos virtuales reemplazan a los del mundo corriente. A su vez, estos toman como modelo las reglas del deseo virtual: amar y seducir como las imágenes, amar y seducir a las imágenes. El goce sensual no procede ya del contacto físico (porque la excesiva mediatización condujo a la desaparición del cuerpo como espacio de relación con el otro), ni siquiera de la imaginación, vale decir, la capacidad del sujeto de crear imágenes mentales ya que, como dice Virilio, esas imágenes nos vienen dadas mediáticamente, nos movemos hacia “la era de la persistencia mental de la imagen”.

Consumir relaciones

El placer virtual posibilita el consumo de (ciber)amantes en mayor escala, sin conciencia del pasado ni como espera de un placer futuro. “Al privilegiarse los deseos individuales sobre los compromisos vinculares, los anhelos pulsionales buscan ser rápidamente satisfechos sin intermediación que retrace su goce (...) Desde la lógica del consumo, también es propio consumir relaciones. Las imágenes nos muestra a través de la pantalla cómo hombres y mujeres solucionan su vacío y soledad con otros hombres y mujeres que son fácilmente cambiables y desechables, sin demasiadas historias ni conflicto” (Geretto-Torres 2001). El deseo aparece como fragmentado, porque el imperativo social es el consumo de placer en cantidad. En aras de la mitología de la temporalidad, se tiende al placer en el aquí y ahora. El presente parece ser el único tiempo posible, y la satisfacción individual la única búsqueda. El resultado: una sensación de placentero goce efímero y, paradójicamente, al mismo tiempo, de frustración duradera.

El placer virtual ofrece la idea de sexo perfecto, en el que el sujeto “queda situado en la comodidad-frustración del no compromiso, el sexo virtual o indirecto, sin contacto físico, en silencio y en forma secreta, evitando la sexualidad real que lo expondría al riesgo de movilizaciones afectivas, a la condición preliminar necesaria de la palabra y la aparición de defectos e imperfecciones” (Jure 2000).

Paul Virilio se refiere a la pérdida del cuerpo, porque la presencia del mundo virtual deslocaliza la posición de aquel. Esa realidad virtual nos hará perder definitivamente “el cuerpo propio en beneficio del amor inmoderado por el cuerpo virtual, por este espectro que aparece en el ‘extraño tragaluz’. Ello entraña una considerable amenaza de pérdida del Otro, el ocaso de la presencia física en beneficio de una presencia inmaterial y fantasmagórica (...) El hecho de estar más cerca del que está lejos que del que se encuentra al lado de uno es un fenómeno de disolución política de la especie humana” (Virilio 1997).

En fin, el deseo virtual ha modificado los códigos de la función sexo, porque también ha modificado los códigos sensitivos. El sexo a la usanza tradicional parece cada vez más superfluo, ya que el hombre contemporáneo se ha convertido en mero amante de imágenes. El amante cibernético, paralizado por el vértigo frío y la promiscuidad del detalle de las imágenes, sólo cuenta con la mirada, vale decir, su única herramienta táctil y exploratoria. Lo demás -su cuerpo- ya no lo necesita.

Gabriel Cocimano

Fragmento de “Las reglas del deseo”, publicado por la revista “La Guirnalda Polar”, Nº 83, Septiembre 2003, Canadá.

Fuentes

BAUDRILLARD Jean, Videosfera y sujeto fractal, en Videoculturas de fin de siglo, Cátedra, Madrid, 1990.

BILBENY Norbert, La revolución en la ética. Hábitos y creencias en la sociedad digital, Barcelona, Anagrama, 1997, en Marta LOPEZ GIL, Zonas Filosóficas, Buenos Aires, Biblos, 2000.

FLORES Roberto Dante, Hedonismo y fractura de la Modernidad, en www.bu.edu , III Jornadas Nacionales de Investigadores en Comunicación. 2000

GERETTO María Cristina y TORRES María Cristina, La infidelidad en los tiempos de la posmodernidad, en http://www.psinet.com.ar 2001

JURE Gabriel, Reflexiones sobre Televisión, Adicción y Pornografía, en www.apa.org.ar (página de la Asociación Psicoanalítica Argentina).

LANIER Jaron, “La irrealidad y el deseo”, entrevista en Revista Elementos N° 39 Vol. 7, Nov.2000 (www.elementos.buap.mx)

VIRILIO Paul, El cibermundo, la política de lo peor, entrevista con Philippe Pettit, Madrid, Cátedra, 1997.


 
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