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Todas las personas necesitamos cuidados a lo largo de nuestro ciclo vital. Y no sólo durante las etapas en que somos dependientes (infancia, senectud, enfermedad). No podríamos vivir sin tareas relativas a la alimentación, higiene, hábitos saludables, etc. Todas ellas pueden ser procuradas por uno mismo, pero no así el afecto, la empatía, el apoyo emocional, en los que necesitamos de los otros. Todas las personas somos interdependientes.

La lógica capitalista entiende como trabajo aquel que es remunerado y obtiene beneficio económico. Sin embargo, no sería posible que la sociedad de mercado funcionara sin un trabajo de cuidados que la sostuviese. Ese trabajo no se contabiliza en las encuestas de población activa, pese a que ocupa a muchas personas, principalmente mujeres, que no cobran nada por ejercerlo, pues así lo han hecho durante siglos.

La incorporación de la mujer al mercado laboral, la ampliación de las jornadas de trabajo, la precarización de la vida, la dispersión urbana que requiere largos trayectos al puesto de trabajo, el envejecimiento de la población o el individualismo contemporáneo son factores que han desestabilizado el modelo social tradicional, derivando en la crisis de los cuidados. Si la familia no cuida como antes y si el Estado desmantela la cobertura social, ¿quién va a cuidar de las personas que lo necesiten? El sector privado no puede satisfacer todas las necesidades humanas, como el afecto. Además, la actual mercantilización del sector de los cuidados está trayendo más precariedad laboral, principalmente mujeres migrantes que huyen de la miseria y la desigualdad social.

Aunque de momento no hay alternativa a la familia, ni a las instituciones públicas en este sector clave para la sociedad, comienzan a surgir iniciativas desde las redes sociales, que proponen que los cuidados se visibilicen y sean compartidos por todas las personas desde una perspectiva comunitaria de trabajo colectivo. Un nuevo paradigma que construya Cuidadanía.