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El ocio es antes que cualquier otra cosa una necesidad humana. La idea de ocio, entendida como el tiempo libre que las personas dedican a todas aquellas cosas que no son el trabajo productivo ni el reproductivo, engloba un gran abanico de prácticas sociales, de las personas con otras personas, consigo mismas, o con la naturaleza o el entorno.

Al igual que en tantos otros ámbitos de la vida, durante las últimas décadas en aquellas actividades vinculadas al ocio, el capitalismo ha logrado introducir de forma progresiva las lógicas mercantiles, haciendo de este conjunto de actividades una fuente de negocios cada vez más importante. Y, también de forma similar a otros ámbitos, al convertirse en negocio global el ocio viene implicando impactos negativos a escala social y medioambiental cada vez de mayor gravedad.

La dinámica de mercantilización del ocio no sólo ha supuesto la monetarización de este tipo de actividades, sino también una fuerte tendencia a convertirlas en una actividad de consumo individualizada y pasiva. Es más, en muchos casos, es el propio consumo el que se constituye directamente como sinónimo de ocio, ya que los centros comerciales también se configuran como una alternativa de ocio para una gran parte de la población con capacidad de consumo.

De esta forma, el capitalismo ha avanzado en dotar de sentido y de identidad a muchas de las actividades de ocio, transformándolas en mercancías disponibles vinculadas al tiempo de no-trabajo de los/as miembros de las sociedades de consumo. Como destaca Paco Puche, existen dos formas para impedir pensar: trabajar sin descanso, y divertirse sin parar. Ambas formas, además de ser complementarias, son completamente funcionales al capitalismo.